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 Hundida en la fantasía

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Valeria Albarn
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Fecha de nacimiento : 14/03/1995
Edad : 22
Ubicación : Vagando libre...
Cita : Puedes cortar mis alas, encadenar mi cuerpo, atrapar mi mente... pero mi espíritu siempre volará libre cual ave por el vasto cielo.


MensajeTema: Hundida en la fantasía   Vie Feb 24, 2012 8:51 pm

Libre
Día 13, mediodía (13:10)

Era el tercer día de clases y la joven de cabellos rubios ya se encontraba como si llevara meses dentro del castillo. No se quejaba, realmente nunca lo había hecho por nada y no iba a hacer hoy la excepción, sin embargo era obvio el cansancio que cargaba a rastras aunque no era sólo físico, más bien era mental. El inicio de clases siempre era más duro para unos que para otros y para una muchacha como Valeria era siempre fatal: gente yendo y viniendo a toda prisa, aglomeraciones en los pasillos, olores mezclados, conversaciones por aquí y gritos por allá... en fin, todo un desplante de la energía juvenil que los adolescentes poseían, pero que la rubia nunca había disfrutado por su naturaleza calmada y tranquila. No le molestaba que los jóvenes se comportasen así, lo encontraba normal y sin duda se preocuparía si esas trivialidades no ocurrieran, pero ni por esas era capaz de sentirse cómoda entre tanta gente. Se sentía asfixiada y -por mucho que pudiera costarle reconocerlo- se frustraba cuando levantarse media hora antes, a veces incluso con una hora de antelación, no servía para librarla del barullo general y el popurrí de estudiantes que se aglomeraba en cada rincón de Hogwarts en las mañanas de clases.

Era claustrofóbica, lo sabía desde siempre pero en los últimos días su suerte había sido tan penosa que creía estar desarrollando también una fobia a las multitudes. Nunca había sido una mujer social, había estado toda su vida con sus abuelos y con un escaso contacto con personas de su edad por lo que carecía de amigos, apenas un par de conocidos de clase y, si bien nunca se negaba a conocer gente y dejaba que otras personas se acercasen a ella, realmente rozaba la molestia cuando sus intentos de encontrar calma se veía frustrado por las múltiples estampidas de alumnos que en más de una ocasión habían estado a punto de arrollarla. Ahora, no obstante, había encontrado una manera de tener aunque fuera unos minutos de paz dentro de toda la premura de las clases. Le bastó con ir a la cocina para pedir una bandeja alegando que debía hacer un par de tareas y, con ella en las manos, se apareció por el Gran comedor el tiempo justo para tomar un par de cosas para comer antes de salir pasando, como de costumbre, inadvertida. No quería alejarse mucho por si el tiempo se le echaba encima pero tampoco quería estar cerca de los pasillos cuando la hora de comer terminase, por lo que decidió ignorar el reloj y se dirigió a paso lento pero seguro hacia uno de los sitios que con total seguridad estaría deshabitado: el lago. Además así no sólo se aseguraba la lejanía con casi todo el mundo, sino también la imposibilidad de cruzarse con La dama gris... mejor dicho, con Helena Ravenclaw.

Ya no era un secreto para nadie que la fantasma de Ravenclaw le tenía un especial y -para algunos- más que justificado odio. Ella lo entendía, estaba segura de que a su antepasada le resultaba degradante ver en qué había terminado su familia: largas generaciones de muggles que terminaron en una bruja sin nada a destacar, una más del montón. A la ojos zafíreos eso no le importaba, no le gustaba que la fantasma la odiase pues realmente no soportaba caerle mal a la gente, pero era conocida la testarudez de esa fantasma y prefería evitarla antes que plantarle cara pues sabía que nunca lograría hacerlo. En fin, al escaparse a la hora de comer estaba claro que evitaría contacto con casi todo el mundo y así tendría tiempo para poder desahogarse un poco. Con el frenético comienzo de clases había sido incapaz de echar mano a su droga particular y, de forma insólita en ella, llevaba ya casi una semana con el mismo libro. Era capaz de leer a una velocidad vertiginosa pero siempre que leía por placer lo hacía con una lentitud casi espectral para adentrarse cuanto más mejor en su lectura, sin embargo se pasaba tanto tiempo leyendo que libros de 400 páginas solían durarle apenas tres días. Ese que ahora leía tenía unas cuantas menos pero llevaba varios días sin ser capaz siquiera de abrir el libro entre unas cosas y otras, de ahí que el suspiro que dejó escapar al leer el título del capítulo por el que se quedó fuera uno de alivio casi placentero, como un drogadicto que por fin había logrado un poco de su más acuciante necesidad.

Así pues, sentada a la vera de un árbol cercano, casi pegado a la orilla del lago la fémina acomodó la bandeja con comida a su costado derecho y alzó su zurda para colocar algunos rebeldes mechones tras su oreja antes de incorporarse lo justo para acomodar su túnica y cerrarla, reajustándose también la bufanda y los guantes sin dedos para aislarse así del frío clima y disfrutar de su lectura y comida en un paraje ideal para ella sin temor a enfermarse, aunque teniendo en cuenta cómo de delicada era su salud seguro que en la noche ya estaría acatarrada. No le importó demasiado de todas formas, el murmullo del agua y las hojas mecidas por el viento eran el perfecto acompañamiento para su lectura y no dudó ni un segundo antes de sumergirse en la historia de brujas y profecías -irónico la verdad- que su libro le estaba narrando.
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