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 ¿Qué hacer?...

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Elizabeth Lockheart
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MensajeTema: ¿Qué hacer?...   Miér Ene 04, 2012 3:19 pm

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Un largo suspiro escapó de los labios de la joven al mismo tiempo que bajaba los pies de la mesa y se encaminaba a la salida del aula con los auriculares en las orejas, el mp3 encendido y los griteríos de la profesora de aritmancia como sonido de fondo. No tenía ni la más pequeña pista sobre quién había sido el idiota que la apuntó a esa aburrida clase en la que, a pesar de estar siempre escuchando música como si la cosa no fuera con ella, aprendía con sólo ver de vez en cuando la pizarra y los labios de esa vieja profesora que ahora les había estado dando un adelanto de lo que trabajarían cuando empezaran definitivamente las clases. Era de sobra sabido que a Elizabeth cualquier cosa que tuviera que ver con números le resultaba por demás aburrida así que no fue una sorpresa que la amargada profesora comenzara a gritarle de nuevo y la echara de la clase, única orden que -al menos en aritmancia- la rubia obedecía con sumo gusto. De todas formas quedaban apenas unos minutos para que esa especie de presentación terminase, así que tampoco le importaba mucho largarse ya.

Caminó por los pasillos con ambas manos guardadas en los bolsillos de la chaqueta oscura tipo chándal que cubría su torso, con la mirada entrecerrada y fija al frente sin ver nada en realidad, dejando que sus pies la guiaran por donde más les gustase, no tenía preferencia alguna de a dónde ir pues realmente sentía deseos de aparecerse en cualquier lugar, en cualquiera menos dentro de los límites de Hogwarts. El porqué de su extraña apatía tenía mucho que ver con los sucesos que le ocurrieron hacía ya algunos días, aquella extraña tarde en la que descubrió más de Dominic de lo que jamás imaginó. Habían sido sensibleros de más, y eso no pegaba nada con sus personalidades por lo que, aparentemente de mutuo y silencioso acuerdo, ambos habían decidido ignorar todo lo sucedido y llevarse como siempre... o lo intentaron porque al menos en el caso de Elizabeth había pasado de molestarle a ignorar casi por completo su existencia y evitaba por cualquier motivo quedarse a solas con él. Podría decirse que estaba evitándole aunque nadie que quisiera conservar la cabeza sobre los hombros se atrevería a comentarlo en voz alta.

Que ni se hablaran tampoco era algo de extrañar de toda formas. La rutina de esos dos era no hablarse o estar a punto de matarse a golpes con varios insultos de por medio. Sin embargo estaba claro que nadie sabía el verdadero porqué de que Elizabeth y Dominic llevaran -quizá por iniciativa de la joven más que del varón- algunos días sin hablarse, excepto los típicos insultos de rigor que formaban parte de sus saludos, si es que se podían llamar así. Su cabeza era una auténtica maraña de dudas y confusión, se sentía como una niña con un acertijo extremadamente complejo entre manos, un acertijo al que no lograba encontrar solución por muchas veces que pensara en él... y eso la enojaba en demasía.

Necesitaba descargar su frustración con algo, y como si la misma escuela escuchara su ruego la Sala de los menesteres apareció a su lado. No era la primera vez que veía esa sala, de vez en cuando la utilizaba para escaquearse de las clases -curiosamente la sala siempre aparecía cuando ella buscaba un sitio donde esconderse dentro del castillo aunque fuera para saltarse clases y/o sermones- pero en esta ocasión había aparecido por un motivmo muy diferente. Resignada y a sabiendas de que seguir caminando sin rumbo no iba servirle decidió ingresar en el lugar sin sorprenderse en lo más mínimo por lo que allí dentro encontró.

La Sala de los menesteres estaba equipada con las necesidades de la persona ante la que se aparecía, si se necesitaba esconder o encontrar algo aparecía repleta de objetos, si se necesitaba entrenar aparecía vacía y con muñecos para tal fin, pero si -como era su caso- se necesitaba descargar rabia y tratándose de Elizabeth estaba claro que el castillo le había hecho una curiosa proposición. Después de todo, ¿qué otra persona a parte de esa peculiar Slytherin se liberaba dando golpes a diestra y siniestra mientras escucha a Skillet a todo volumen? Seguramente era la única que hacía algo así y fue por eso por lo que decidió dejar de pensar. La sala se le había aparecido, y no iba a negar tal invitación.

Entró sin pensárselo apenas y cerró la puerta tras ella antes de quitarse los cascos, apagar el mp3 y dejarlo sobre uno de los equipos de música que había por el lugar antes de tomar su cabello y atarlo en una trenza que sujetó con un lazo carmín, apartando al mismo tiempo su flequillo de la cara con una simple tiara que se reacomodó para tal fin. Cambió sus gafas por las lentillas, dejando estas primeras al lado del reproductor mientras escuchaba cómo a su espalda algo se movía. No le prestó mayor atención porque sabía lo que era, por ello dejó la varita también sobre el equipo de música, hizo crujir algunos de sus huesos, estiró un poco sus músculos y se dio la vuelta, alejándose del equipo de música y acercándose a lo que iba a ser su saco de arena particular.

Era más que sabido el uso que hacía ya varios años la famosa generación de Harry Potter le había dado a la Sala de los menesteres, entrenándose para luchar contra Voldemort así como también eran conocidos esos extraños autómatas con varita, bastante rústicos y anticuados. Para su suerte no tuvo a una de esas estatuas frente a ella, sino a una mucho más avanzada. Fuera cual fuera la magia que movía la Sala de los menesteres estaba claro que conocía a la perfección a Elizabeth, si no era difícil explicar porqué los habituales autómatas anticuados habían sido sustituidos por unos mucho más elaborados, de movimientos fluidos y claramente resistentes por el metal que los formaba al menos exteriormente. Eran un total de cinco si no contaba mal y no tardaron en rodearla, careciendo de varitas todos ellos. Lo que ella necesitaba era pegar a algo o a alguien, no utilizar conjuros, golpear cuerpo a cuerpo y eso fue lo que hizo cuando, a la primera nota de la canción Hero, se lanzó contra el primero de esos autómatas empezando así una curiosa pelea de cinco contra uno donde la fémina podía explayarse a gusto.



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MensajeTema: Re: ¿Qué hacer?...   Miér Ene 11, 2012 9:27 pm

- ¡Es que no hay nada! -casi grité, de camino a mi despacho, ojeando El Profeta- ¡No hay ni una sola palabra con sentido en esta sopa de letras! -doblé el periódico por la mitad y lo guardé bajo el brazo, haciendo un mohín.

No había mucho que hacer habiendo pasado tan poco tiempo desde el inicio del curso. Di fin a la clase de la última hora con bastante antelación; Los alumnos me conocían perfectamente y reconocí todas sus caras, así que tras hacer un pequeño resumen de lo que veríamos este curso les dejé marchar. Conocía todos los nombres -o casi todos- pero algunas caras habían cambiado bastante, en los cursos medios los chicos cambiaban de voz también y eso afectaba a mi percepción cuando estaba de espaldas haciendo que no los reconociera y, por consiguiente, que se libraran de su castigo. - Ya os llegará vuestra hora -fruncí el ceño con una sonrisa maliciosa en mis labios. En cierto modo me divertía escuchar a los alumnos quejarse cuando les ponía en un rincón a mirar la pared durante la clase- Si no... trucaré el reloj -sentencié.

Abrí la puerta, revisando el anteriormente mentado pasatiempo. No conseguía encontrar las soluciones así que supuse que algún graciosillo lo había hechizado. Lo dejé sobre mi mesa, para hacer algo con él después y extendí la mano para que mi micropuff se subiera en ella. Lo subí hasta la altura de mi cara y sonreí- ¡Hola! -saludé- ¿Te has aburrido mucho? -miré la zona de juegos que le había puesto en un rincón. Todas las cosas que se podían mover estaban fuera de sitio- Parece que no -le miré de vuelta, sonriendo más amplio que antes- ¿Ha venido alguien? -el pequeño micropuff me hizo el movimiento que le enseñé para decir "No". Comencé a acariciarlo, suavemente, apoyando la cadera en la mesa- Te pasas aquí todo el día ahora que han empezado las clases... ¿Quieres venir a dar una vuelta? -se me subió a la mano que le estaba dando mimos e hizo un "Sí" como una casa. Reí, dejándole en la mesa- Salimos en un momento.

Con tiempo mas que de sobra fuimos a Las Tres Escobas a saludar a los conocidos y despejar la mente de tal barullo de nombres, casas y horarios. Aún no hacía demasiado frío, pero cogí la bufanda para que Paul -así se llamaba el micropuff- pudiera ir en ella sin congelarse en alguno de los viajes. Al ser un animal tan pequeño podía entrar a la pequeña taberna y disfrutar del calor que allí hacía, en contraste con el exterior. No me quedé demasiado rato, tenía ciertas obligaciones como profesora y de eso no podía librarme porque sobrase tiempo, así que emprendí el camino de vuelta cuando me terminé lo que había pedido. No podía aparecerme para ir y volver, Paul no lo soportaría, así que tenía que caminar tanto la ida como la vuelta. No es que me molestase, sólo resultaba un poco menos práctico. La compañía lo merecía, claro.

Ya dentro del castillo cogí a Paul y me lo puse sobre la cabeza. Le encantaba ir ahí por la diferencia de altura que le suponía. Estaba algo embobado porque había dormido en el camino de vuelta, entre mi cuello y la bufanda, pero se despejó bastante rápido al reconocer dónde estaba. Se sentó apoyado en mi coleta y se dedicó a observar el camino que yo seguía. Cuando estábamos cerca del despacho me estiró del pelo, haciendo que gritase un poco por la sorpresa. Lo bajé.

- ¿Qué pasa? -Le pregunté, parando de andar. Alcé una ceja cuando empezó a decir "Nonononononononono-etc"- ¿No, qué? -Seguía con lo mismo. Comprensible cuando no le había enseñado a decir más cosas- ¿Despacho? -intenté averiguar. Dejó de moverse instantáneamente, me miró un segundo y empezó con "Sísísísísísísísísísísí-etc"- No quieres que vayamos al despacho -seguí con el juego. Siguió con lo mismo- ¿Dónde podemos ir entonces? -Se detuvo, por segunda vez. Cierto, no podía decirme nada más. Siempre se me olvidaba- Uhm... ¿Qué te parece si vamos a un sitio que no conoces? -"Sísísí". Sonreí- Allá vamos, entonces -y allí fuimos.

Había ciertamente muchos alumnos aún por los pasillos, acababa de terminar la última clase de la mañana y todos se dirigían a sus salas comunes o a los terrenos del castillo a pasar el rato antes de la hora de la comida. No sabía cuántos de ellos sabían de la existencia de la Sala de los Menesteres, pero estaba segura que los más curiosos de cursos más altos incluso habían estado allí, la mayoría en más de una ocasión. Tuve que parar a hablar con bastantes, unos por mis clases y otros (otras) por Paul. A él le encantaba recibir atención y a mí no me importaba prestarlo un rato, así que tardé casi un cuarto de hora de más en llegar y quedarme sola en el pasillo del último piso, donde no había nada si no lo deseabas con suficiente fuerza y claridad. Me paré frente al muro donde sabía se escondía la puerta y lo miré durante unos segundos.

- Bien, Paul, aquí es -hizo un ruido de decepción- Oye, que no he terminado -regañé, divertida. Le hice un resumen de lo que era aquella sala y cómo se accedía a ella. Parecía bastante más interesado tras la historia- ¿Ves? No es tan mal lugar -comenté, dando un paso hacia delante- "Quiero algo divertido para mostrar a Paul. Quiero algo divertido para mostrar a Paul. Quiero algo divertido para mostrar a Paul". -pensé tres veces, como había hecho muchas otras cuando yo era estudiante. Por suerte aquel deseo pareció valerle a la Sala, pues la pared tembló y se reveló la puerta. Puse la mano en el picaporte, abriéndola de una, empujando con ambas manos. Nada mas haber una rendija entre ambas hojas se comenzaron a oír ruidos y golpes desde el interior, así que terminé de abrirla asustada, pensando que era una pelea entre alumnos. Y sí, era una pelea, pero no precisamente entre alumnos. Una sola chica -Lockheart, la recordaba con claridad de mis clases- estaba haciendo frente a varios muñecos móviles propios de la sala. Y no sólo no estaba en desventaja si no que se veía claramente quién llevaba la delantera.

- Es la primera vez que veo utilizar esta sala de forma tan peculiar -dije para hacerme notar- ¿Por qué tantas ganas de pelea, Elizabeth? -fuera de clases me tomaba la libertad de llamar a los alumnos por su nombre. Cerré la puerta tras de mí- Has asustado a Paul -Levanté la mano y lo cogí, se había hecho una bola de pelo azul por el repentino ruido y temblaba un poco. Lo encerré entre mis manos, para que se sintiese protegido.

Esperé una respuesta, sin moverme de allí.
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Elizabeth Lockheart
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MensajeTema: Re: ¿Qué hacer?...   Jue Ene 12, 2012 5:47 pm

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Dado el alto volúmen de la música, que la sala estaba insonorizada -probablemente- y que estaba más que centrada en sus contrincantes era obvio que ni queriendo la joven se hubiera percatado de que alguien se acercaba, mucho menos de que la puerta se había hecho visible en el pasillo y de que el curioso ante el que apareció no tardó en abrir la sala, dejando escapar la música que era acompañada de los sonidos propios de una batalla aunque lo que podrían haber sido huesos rotos ahora eran sonidos más bien de madera rompiéndose o incluso de algo chocando contra metal pues los autómatas contra los que la rubia se batía tenían un poco de ambos materiales formando su delgada y ágil, pero fuerte estructura. En fin, no se dio cuenta de que era observada hasta que uno de sus movimientos le permitió ver en dirección a la entrada, percatándose de que ya no era la única en el lugar... aunque eso bien poco le importó pues ni muestas dio de querer parar su pelea. No estaba de humor para nadie, mucho menos para una profesora porque sí, la había reconocido. Como para no hacerlo...

Ignoró con descaro las palabras de la mayor, tanto su presentación como su pregunta aunque cuando mencionó a un tercero la alumna dirigió sus orbes esmeralda hacia la pelimorada, buscando a ese tercero que nombraba pero apenas logró distinguir una bola azul que se ocultó luego en las manos de la profesora. Su descuido casi le cuesta un buen golpe en la cabeza y que esquivó apenas por un par de centímetros al inclinarse hacia atrás, aprovechando para dar una voltereta y utilizar el ascenso de sus piernas para golpear al autómata atacante en el rostro con su pierna derecha, derribándolo. NI se molestó en responder la pregunta de la profesora, estaba ocupada, confusa, de mal humor -provocado por dicha confusión- y sin ganas de lidiar con profesores, razones suficientes como para dejar a relucir parte de esa personalidad que hacía rehuír a la gente.



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MensajeTema: Re: ¿Qué hacer?...   Miér Ene 25, 2012 9:31 am

Spoiler:
 

Se hizo el silencio después de mi presentación, si se le podía llamar así. Además de que se le veía bastante ocupada, sabía cómo era Elizabeth con los demás, así que no le di importancia. Abrí un poco las manos, dejando que Paul viera mi cara, pues ahora estaban a esa altura.

- No pasa nada, sólo es Elizabeth haciendo mucho ruido. Te acuerdas de ella, ¿verdad? -cambié la parte por la que Paul podía asomarse hacia el otro lado, dejándole ver la escena. Cuando noté que se giraba hacia mí la cambié de nuevo. "". Sonreí un poco. Paul solía tener buena memoria para las caras, dejando los nombres aparte- ¡Elizabeth! -dije su nombre para llamar su atención- ¡Paul sí que se acuerda de ti! -comuniqué, divertida- ¿No quieres saludar? -me acerqué unos pasos, pero me lo pensé mejor y me detuve. No quería ser alcanzada, aunque fuese por error, por aquellos amigos de la chica.

No quería obligarle a hablar conmigo, por supuesto. Sólo pensé que resultaría agradable mantener una conversación con una persona con la que normalmente no puedo, por obvias razones. Quizá Elizabeth no era la más indicada para ello, lo sabía, aunque no perdía nada por intentarlo. Al lado de un reproductor de música -muggle, aquello me extrañó- había una silla, encima de él, un MP3. Me senté, observando curiosa en aparato. Los conocía pero nunca había tenido ninguno propio y que allí hubiera uno era bastante inusual. Levanté la vista, dejando a Paul en mis piernas, ahora cruzadas una encima de otra, medio cubierto aún por mi mano derecha, cogiendo el MP3 con la contraria- ¿Es tuyo? -pregunté, olvidando que la Slytherin no estaba muy disponible en aquellos momentos.

Probablemente alguien pensaría que el no detener la pelea era algo irresponsable, pero no quería interferir en el deseo de Elizabeth. Era obvio que si la Sala de los menesteres se lo había dado, alguna razón habría y, por otro lado, la misma Sala nunca dejaría que le ocurriese nada realmente malo a quien entrase en ella -siempre que fuese algo que ella misma había hecho.

Paul estaba bastante más tranquilo, e incluso seguía la pelea desde detrás de mis dedos, que actuaban de rejilla horizontal ante él.
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MensajeTema: Re: ¿Qué hacer?...   Miér Ene 25, 2012 10:14 am

Un resignado suspiro terminó escapando pronto de los labios de la joven, no por el combate que también se le estaba tornando ya molesto aún cuando los autómatas empezaban a tener movimientos más lentos por los daños que ella les había proporcioando, sino porque algo le decía que la profesora iba a quedarse allí bastante tiempo y que en su presencia no iba a poder estar tranquila, lo cual afirmó cuando la ojidorada la llamó a voz en grito por la música. Pensó que si la ignoraba se iría y eso hizo cuando siguió peleándose con los muñecos, haciendo como si no escuchara nada de lo que Wendy le decía aunque cuando escuchó la segunda pregunta pareció olvidar que estaba en un combate y giró su mirada hacia la pelimorada, frunciendo el ceño y abriendo la boca para reclamarle por coger su mp3 aunque todo lo que salió de sus labios fue un quejido pues había recibido un derechazo en el estómago que la dejó sin aire. Eso le pasaba por despistarse.

Tras golpear al muñeco culpable de su futuro morado dejó escapar un nuevo suspiro antes de mirar hacia el resto de autómatas y cerrar los ojos, pensando quién sabe qué. Como si la sala respondiera a la orden que mantuvo rondando en su cabeza durante unos segundos el reproductor dejó de sonar, los autómatas se detuvieron y, en definitiva, se dio por terminado el combate. Cuando la música dejó de sonar Elizabeth abrió de nuevo los ojos, clavando una de sus tan habituales miradas afiladas sobre la despreocupada profesora antes de responderle con un seco- No toques mis cosas -acompañado del fruncir de su ceño que no desapareció desde que se había formado en su rostro. No es que feura especialmente celosa con sus cosas, sólo con un par de ellas y en esa definición entraba el pequeño reproductor de color, irónicamente, rojo Gryffindor y plata.



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