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 Nuevas alas

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Dominic Smirnov
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MensajeTema: Re: Nuevas alas   Mar Ene 03, 2012 9:42 pm

Ciertamente parecía que lo iba persiguiendo el mismísimo diablo mientras recorría los pasillos del castillo en busca de la fémina. ¿Dónde diablos podría haberse metido? Comenzó a revisar los salones de clases, el comedor, todos los jardines y aún no la encontraba. Se le ocurrió ir a revisar la enfermería, pero al abrir la puerta y ver que las cosas de ella aún se encontraban allí, descartó por completo la idea de que la mujer se encontrase allí. ¿Dónde demonios se metió? Se preguntó mientras llevaba ambas manos en dirección a su cabeza, comenzando a desacomodar sus cabellos con una mezcla de molestia y preocupación. Cerró los ojos y suspiró mientras un grupo de estudiantes se había parado a su alrededor, no por sus signos de desesperación, sino porque en todo ese tiempo, incluso cuando el director les había hablado en los jardines, el muy idiota había olvidado guardar el sostén rojo de la rubia y había estado paséandolo por todo el castillo sin darse cuenta de ello, y por sobre todos los males, ahora que tenía ambas manos en la cabeza, la famosa prenda se encontraba prácticamente colgando de la cabeza del peliblanco.

Tardó varios segundos en darse cuenta de eso, y no solo eso, sino que ya habían empezado a murmurar sobre la por demás extraña marca que tenía en el cuello. R-R-Rayos... Musitó mientras desesperadamente comenzaba a intentear guardar el sostén en su bolsillo antes de salir corriendo para alejarse de aquel lugar donde todos le estaban observando estupefactos luego de tan extraña y bizarra escena. Había logrado alejarse lo suficiente, por lo que ahora, un poco más calmado decidió detenerse a pensar antes de recorrer todo el maldito lugar en busca de la rubia. ¿Si yo fuera ella, qué y dónde iría? Se preguntó mientras guardaba silencio durante algunos segundos intentando concentrarse para intentar penar como ella.

Luego de varios segundos volvió a revolver sus cabellos porque lo único que se le venía a la mente era pegársele a él mismo con la intención de molestarlo, maldita imaginación que no funcionaba cuando más la necesitaba. ¿Qué haré, qué haré, que haré..? Se repetía una y otra vez mientras las ideas se le agotaban. ¿Habrá ido a su habitación? Se preguntó antes de finalmente salir corriendo en dirección a las habitaciones de los Slytherin para ver si efectivamente ella se había dirigido hacia aquel lugar. No debe haber tardado más de unos tres minutos en llegar hasta allí y se encontró con la mayor dificultad de todas. No sabía el camino para atravesar el maldito laberinto, y era obvio no pertenecía a esa casa después de todo y no era de entablar conversación con demasiadas serpientes tampoco como para poder haber sabido como atravesarlo.

Se quedó durante un rato fuera de las habitaciones y cada vez que alguno entraba o salía preguntaba por Elizabeth. Ya sabes, esa cosa bajita de cabello largo y rubio que habla como pirata ebrio. Pero nadie le respondía, malditas serpientes que se creían los reyes del mundo. Como fuera, estuvo así un rato hasta que finalmente perdió la paciencia y decidió probar algo un poco más... arriesgado. Decidió trepar hasta las ventanas de las habitaciones y espiar por ellas hasta encontrar a la rubia. La gran mayoría de las habitaciones se encontraban vacías, parecía tener mala suerte hasta que... para completar toda esa maldita situación se encontró con una estudiante cambiándose. D-Demonios esto está mal. Se dijo mientras intentaba bajar, sin embargo, antes de que pudiera hacerlo la muchacha se volteó y dio un grito que debería haberse escuchado en todo el castillo seguramente.

No supo en que momento perdió el equilibrio, lo cierto es que luego de una aparatosa caida, y que gracias a unos arbustos, se encontraba en el suelo bastante adolorido y con varias hojas y ramitas metidas en el cabello. No tenía tiempo de quejarse, debía salir de ahi antes de que lo descubrieran, por lo que salió corriendo nuevamente hasta alejarse lo suficiente, si tenía suerte, la muchacha no habría llegado a verle lo suficientemente bien como para reconocerle y hacer que llamaran su atención luego. Se sentó molesto en una banqueta, ya no tenía más opciones y ciertamente dudaba que ella se encontrase en el único lugar que no habia revisado en el interior del castillo. Es imposible... Diría para convencerse. Elizabeth le tiene alergia a los libros... ¿Qué demonios haría en la biblioteca? Se preguntó para luego guardar silencio.

No pudo mantenerse callado por mucho tiempo, porque ni bien se había quedado quieto, dos estudiantes pasaron diciendo que la buscapleitos de Slytherin estaba con una chaqueta que le quedaba enorme y que había entrado a la biblioteca. Eso si que es increible... Se dijo mientras se levantaba de su lugar y comenzaba a correr en dirección a la biblioteca para evitar que ella fuera a irse antes de que él llegase. Ni bien estuvo cerca de la entrada a la biblioteca, se acercó a la puerta sin cuidado alguno, abriendo la misma con fuerza haciendo que el rechinar de la madera se escuchase por todo el interior de la biblioteca. Buscó con la mirada en el interior y no tardó mucho en encontrar a la mujer junto al fuego como una anciana que necesita calor.

Se giró en dirección a ella y luego de cerrar la puerta tras de si avanzó hacia ella. Creí que seria más fácil verte muerta que rodeada de libros. Comentó mientras avanzaba hasta detenerse a escasos centímetros de la mujer. No había tomado los recaudos de sacar las hojas y ramitas de su cabello, a decir verdad, ni se había dado cuenta que allí estaban. Se sentó a un lado de la mujer, aprovechando el fuego también ya que el frío había comenzado a sentirse. ¿Qué haces aqu..? No terminó la pregunta cuando se percató que los orbes esmeraldas de la muchacha se encontraban vidriosos, como si estuviera a punto de llorar. Hey... Diría mientras se inclinaba ligeramente hacia adelante. ¿Acaso te diste cuenta de que tienes el pecho pequeño? Diría tranquilamente. Hay cosas peores... Metió la mano en su bolsillo y le entregó el sostén. Puedes ponerle relleno y listo, nadie más lo notará.

Guardó silencio por un rato, si había algo que no disfrutaba era ver a una mujer llorar, le traía... malos recuerdos a decir verdad, por lo que si podía hacer que ella sonriese al menos lo intentaría, a pesar de que podía quedar como un idiota insensible, él era el idiota insensible indicado para hacer que alguien más sonriese en los momentos más extraños. Como fuera debia atender los asuntos que le habían llevado hasta allí, así que sin dar muchas vueltas le preguntó directamente. ¿Tienes mis cosas encima no es así? Preguntó antes de extender su mano directamente hacia el bolsillo donde había guardado sus cuadernos, no iba a pedir permiso para tomar lo que le pertenecía después de todo. Una vez con sus pertenencias a mano, y luego de esquivar algún que otro golpe de la rubia abrió el libro que utilizaba como diario, percatándose que ella lo había leido al parecer, olvidando hacer desaparecer la tinta.

Su mirada se clavó sobre la ajena, estaba... ligeramente molesto, no creyó que ella se atrevería a leerlo después de todo. ¿Por qué lo leiste? Diría sin su particular tono bromista o molesto, simplemente lo dijo de manera cortante y seca. ¿Leiste algo que te gustara? Preguntó mientras mantenía su mirada fría sobre la ajena, pocas veces se había molestado con la rubia, al menos nunca se había enfadado tanto desde aquel cumpleaños el primer año de conocerse. Adelante, burlate de mi si quieres... Diría dejando escapar un suspiro de resignación, ya nada podía hacer después de todo, debería aguantar lo que fuera que la rubia pudiera decirle ahora. Si te hace sentir mejor, burlate de mi... Comentaría antes de desviar la mirada. Prefiero eso a que vayas a llorar... Dijo antes de guardar silencio, clavando su mirada sobre el fuego.
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Elizabeth Lockheart
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MensajeTema: Re: Nuevas alas   Mar Ene 03, 2012 11:05 pm

Durante todo el tiempo que el varón estuvo buscándola Elizabeth se limitó a leer un par de veces más esas entradas que hablaban de su regalo, todavía sin creerse lo que sus ojos veían aunque en cierto modo le resultaba encantador, los niños podían llegar a ser muy inocentes y era gracioso saber que fue un error -todavía no sabría decir si de él, de ella o de ambos- lo que los llevó a tratarse como perro y gata y a fastidiarse en cuanto posaran la mirada el uno en el otro. De todas formas estarse todo el tiempo leyendo el diario, si es que se le podía llamar así, sería perder un poco el tiempo así que lo dejó sobre sus piernas y se dedicó a mirar las llamas como si fueran lo más interesante del mundo, aprovechando para hacer memoria de todos los momentos que había compartido con el peliplata de una manera o de otra. No recordaba haberse llevado bien con él, ni siquiera cuando se conocieron y mucho menos después del espeluznante regalo que recibió. Según el cuaderno el varón se había propuesto llevarse mal con ella, y como Elizabeth no era de las que se amedrentaban ni se callaban a la hora de contraatacar era fácil que acabaran convertidos en enemigos pero... ¿Y si el cumpleaños hubiera salido bien? ¿Habrían sido... amigos?

- Imposible... Somos demasiado distintos -se dijo como si intentara convencerse de ello ignorando por completo el hecho científico de que los opuestos se atraen. Si no hubiera sido por el cumpleaños hubiera sido por otra cosa, era casi impensable que los dos jóvenes se llevaran bien aún cuando fueran capaces de soportar la presencia del otro sin matarse... aunque hicieran el intento. Siguió pensando en ello mientras por mero instinto se acariciaba los brazos o se frotaba las manos para darse calor. Varias personas habían tenido intenciones de entrar en la biblioteca desde que ella había decidido permanecer en el lugar que raramente pisaba, pero en cuanto la veían todo alumno que entraba salía corriendo en un vano intento de no ser divisado por la fémina pues era muy bien sabido lo temperamental que era y dada su expresión concentrada, molestarla haría que el causante de su distracción acabara, como mínimo, con la cara en las brasas. De ahí que el platinado fuera capaz de saber dónde estaba pues algunos alumnos iban comentando el extraño suceso de ver a la única sangre sucia de Slytherin dentro de la biblioteca. No es que le tuviera alergia a los libros como el varón pensaba, pero no tenía sentido gastar el tiempo en leer algo que ya sabía de antemano, por eso casi no se la veía por allí y cuando iba solía ser a altas horas de la noche sabiendo que los profesores prestaban más atención a otras zonas del colegio que a la aburrida biblioteca.

Fuera como fuera ella no sabía ni le importaba saber que su estancia en el lugar empezaba a ser conocida por todo el castillo, tenía cosas más importantes en las que centrar su mente aunque debía agradecer que Dominic fuera infinitamente más ruidoso que cualquier otro alumno, de no ser así la habría pillado con el diario sobre las piernas aunque de tanta prisa que se dio en guardarlo se olvidó de deshacer el hechizo revelio y volver a hacer la tinta invisible, así como también se le olvidó limpiarse los ojos que aún tenían rastros de lágrimas no derramadas en ellos, lo que hacía que se le vieran cristalizados, casi brillantes. Por mero acto reflejo miró hacia la puerta y al ver aparecer la cabellera plateada regresó su mirada al fuego, comprobando que había guardado bien el cuaderno y que él no se había dado cuenta de que lo había cogido. No respondió a su comentario, más que nada porque intentaba aclararse la garganta sin hacer ruido y encontrar las palabras adecuadas para no sonar diferente a como era ella. Debía hacerle creer que no sabía nada de lo que había leído, y para eso debía actuar como siempre lo hacía: ignorándole o molestándole. Pero no contó con que Dominic, por muy idiota que fuera, también era inteligente y observador y se dio cuenta fácilmente de que sus esmeraldas estaban vidriosas, como si retuviera el llanto todavía.

No esperaba que se sentase a su lado y quizá eso hizo que, inconscientemente, se confiara y de ahí que no supusiera que él podría darse cuenta de su estado. Por suerte, o por desgracia, la sonrisa que antes había adornado su rostro llevaba tiempo borrada y el único rastro de sus anteriores emociones eran esas gotas agolpadas en sus ojos que no iban a salir ni a la fuerza. Que él se inclinara hacia ella sólo consiguió que Elizabeth se alejara un poco, como si estuviera a la defensiva y al escuchar el comentario sobre su pecho no supo si reír y burlarse diciendo que eso no le importaba y que sus ojos estaban aguados por ver demasiado tiempo hacia el fuego o golpearle por esa estupidez. Al final no dijo nada, se limitó a escuchar y a casi arrancarle el sostén de las manos cuando se percató de que esa prenda seguía en poder del ojiazul. El silencio que se formó después entre ambos le resultó incómodo. ¿Cómo limpiarse las lágrimas sin que él creyera que en verdad había estado a punto de llorar? Lo desconocía, su avispada mente no encontraba una solución al problema que ahora se traía entre manos así que optó por la opción más sencilla: no hacer nada, esperar a ver cómo se sucedían los siguientes acontecimientos aún cuando no se esperaba que la cosa terminara así.

Cuando le preguntó si llevaba sus cosas un escalofrío le recorrió la columna y, para disimularlo, se encogió de hombros como si le diera igual, dejando que él tomase lo que quisiera de la chaqueta. De haber sabido que no deshizo el revelio no le hubiera dejado coger el cuaderno con tanta facilidad, incluso le habría molestado un poco obligándole a reclamar por el objeto, pero como era obvio con tantas cosas en la cabeza como ahora tenía ni cuenta se daba de sus propios errores, no hasta que fue demasiado tarde como para remediarlos. Al principio se sorprendió de sentir la mirada ajena sobre ella y también le observó algo confusa por la repentina molestia que notaba en él... ¿Acaso la hbía descubierto? Por su posterior pregunta estaba claro que sí. Pocas veces le había escuchado hablar de esa manera, frío y seco, y pocas de esas veces tal tono de voz iba dirigido a ella. Normalmente no le hubiera importado, pero ahora se sintió incómoda, quizá por eso evitaba meterse en la vida y pasado de los demás, porque luego se metía en problemas de los que no encontraba escapatoria.

Tragó grueso y se mordió el labio inferior, desviando la mirada a su derecha al ser incapaz de sostener la ajena ni de decir alguna palabra en su defensa. ¿Desde cuándo no tenía valor para mirarle a la cara? Era una pregunta cuya respuesta se le escapaba. Podría haber mantenido el perfil de siempre, mostrarse arrogante y decirle que no tenía ningún interés en su destartalada caligrafía, pero incluso ella sabía que en esos momentos cualquier mentira sería tan obvia que hasta un sordo la notaría, y si alguna virtud se podía recalcar en ella era la sinceridad por molesta que llegara a ser tanto para ella como para los demás. Mantuvo silencio, incapaz de hallar una respuesta coherente a las preguntas que él le formuló aunque cuando le escuchó que podía burlarse de él le faltó un segundo, una pizca para levantarse y empezar a gritarle quién sabe qué cosas. ¿Cómo iba a burlarse después de lo que había leído? ¿Tan cruel la consideraba? ¿De verdad creía que era tan insensible como para utilizar el pasado como arma psicológica? La ofendió, pero -por extraño que a ella misma le pareciera- no quiso defenderse ni decir nada, como si creyera merecerse esa ofensa.

No se estaba comportando como era habitualmente, ni ella sabía qué demonios le estaba pasando, no encontraba explicación lógica a todo lo que estaba sintiendo ni tampoco a cómo se estaba comportando, pero lo que ya logró desencajarla por completo fue ese susurro que llego a escuchar... y que la dejó completamente muda por unos eternos segundos. ¿Que prefería que ella se burlase de él a verla llorar? Bueno, era cierto que desde la muerte de sus padres Elizabeth no había derramado ni una sola lágrima salvo esas propias de los recién despertados o de aquellos que empiezan a tener sueño, pero que fuera Dominic quien le dijera esas palabras fue sin lugar a dudas lo más raro que le había pasado en todo el día... al menos de momento- ¡Imbécil! -no pudo controlarse, tuvo que gritárselo y no una sola vez, sino varias hasta incluso apretar sus tobillos con sus manos -estaba sentada a lo indio- para evitar golpearle. Aunque quisiera sería incapaz de burlarse ahora de él, no era tan insensible por mucho que proyectara esa imagen en su vida diaria.

Tras ello y sin dar tiempo a comentarios ni acciones la fémina se levantó, dejando así que su cadera quedara más o menos a la misma altura que el rostro ajeno, alzó la chaqueta lo suficiente como para mostrar su muslo izquierdo, tomó con ambas manos la raja que había en su pantalón y tiró hasta desgarrar por completo la pierna de la prenda, dejándole así los jeans con una pierna larga y otra a modo casi de short que muy a las justas le cubría el inicio del muslo. Le importaba poco mostrar carne ahora, lo que le interesaba era lo que había sobre ella y le dio el perfil, atrayendo con sus gestos la mirada ajena sobre su pierna, más concretamente sobre la figura que la tinta negra típica de un tatuaje formaba sobre su piel. Era ni más ni menos que una araña de la misma especie que la que él le había regalado en aquel desastroso cumpleaños. No creyó que hicieran falta palabras, y aún de ser así no tenía ni la más remota idea de qué decir. ¿Por qué se había tatuado eso apenas unas semanas después de su cumpleaños? Ni ella lo sabía, pensó que fue un simple capricho y no se molestó en indagar. Lo quiso y se lo hizo, o al menos eso había sido por años, hasta ahora que se replanteaba por qué, de entre todos los animales, había decidido tatuarse la misma estúpida araña que él le había regalado y que casi asustada había lanzado contra el Sauce boxeador. Así pues no dijo nada, aunque bien podía ser ahora Dominic quien se burlara de ella... seguro que era la única idiota que después de un cumpleaños desastroso va y se tatua el mismo regalo que mandó a volar.



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Dominic Smirnov
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MensajeTema: Re: Nuevas alas   Miér Ene 04, 2012 12:23 am

Jamás había visto a la rubia quedarse callada por tanto tiempo sin intentar responder a lo que él decía. ¿Se sentiría culpable acaso? Quizás, aunque con ella era difícil saberlo, intentar adivinar lo que pudiera estar pensando era una tarea por demás complicada y prácticamente imposible. Lamentablemente, debido a la mezcla de sentimientos que giraban en el interior de la cabeza del platinado no supo medir sus palabras, un gran defecto a decir verdad, ya que podía lastimar bastante, en ocasiones como esta, sin desearlo siquiera. Era impulsivo e idiota, sin embargo no se daría cuenta de sus errores hasta que algo de tiempo pasara como para poder calmarse lo suficiente para llegar a pensar las cosas con detenimiento, pensar en toda la situación en frío como quien dice.

Le tomó completamente por sorpresa cuando ella gritó a todo pulmón aquel "Imbécil", jamás había sentido algo así proviniendo de uno de los insultos de Elizabeth. ¿Por qué había llegado a dolerle tanto en ese preciso momento cuando en cualquier otra oportunidad le habría dado igual sabiendo que si ella lo decía era por mera rutina? No podía explicarlo, y eso le molestaba, detestaba no tener la respuesta a las interrogantes que le aquejaban, siempre había sido igual, y era algo que a pesar del tiempo no había cambiado y muy probablemente nunca cambiaría, un sello distintivo de su personalidad. No entendía el por qué del enojo de la mujer, pero ciertamente debía haber entendido algo que él no había querido dar a entender, otro problema de su parte, sus palabras fácilmente podía malinterpretarse.

No tuvo tiempo siquiera para intentar disculparse con la rubia, porque ni bien él abrió la boca para decir algo, ella se levantó de su lugar, quedando con la cadera a la altura del rostro del varón, levantando la chaqueta de Dominic antes de tomar una de las partes rasgadas del jean y abrir lo suficiente como para dejar ver la piel de su muslo. Ciertamente no entendía la razón por la cual acababa de hacer aquello, en parte debido a que al mantener la vista sobre el fuego, ahora veía un punto morado que le impedía distinguir demasiado en la piel ajena. Tardó un poco hasta que su vista volvió a la normalidad, pudiendo notar de una vez lo que sobre ella había plasmado. ¿Por qué mostrar un tatuaje en una zona como aquella? Sin embargo, no tuvo necesidad de responder ya que solo con percatarse del hecho de que se trataba de una araña todo pareció encajar.

Se quedó sin palabras por un buen rato en los que intercaló la mirada entre el tatuaje y el rostro de la rubia frente a él. ¿Por qué habría de tatuarse algo como aquello?Maldita sea, sentía un nudo en la garganta a causa de toda la situación. Intentó articular la pregunta que rondaba su mente en esos momentos, pero las palabras simplemente no saldrían, no sabía que decir, rayos, con algo así había logrado dejarlo callado con más facilidad que si le hubiera roto la mandíbula. Desvió la mirada, si que podía sorprenderle con facilidad esa muchacha, si que lograba hacerle experimentar alegría y amargura a la vez. ¿Quién diría que tales sentimientos podría haberlos hecho nacer la mujer con la que había pasado la mayor parte de su tiempo discutiendo desde aquel fatídico cuatro de Abril en el que había decidido hacerle la vida imposible por como lo había hecho sentir?

No pudo evitar esbozar una idiota sonrisa en su rostro mientras podía sentir que sus ojos se llenaban de lágrimas en un instante, amenazando con desbordar sus ojos para morir finalmente en sus mejillas. Llevó sus manos hacia su rostro en un vano intento por secar las mismas de manera disimulada, aunque seguramente la fémina terminaría por darse cuenta de lo que estaba haciendo. Como fuera, el silencio se había apoderado de la biblioteca, un incómodo silencio había nacido entre ambos. De saber que la joven había pensado que él podía considerarla lo suficientemente cruel como para burlarse de su desgracia se habría disculpado de inmediato, jamás podría pensar algo así de ella, por el contrario, lo que más temía que ella viera en ese diario era justamente la historia detrás del tatuaje que ahora tenía en la pierna.

Irónico a decir verdad, todo ese tiempo había intentado eliminar dicho recuerdo de la mente ajena y sin saberlo, la misma joven se había encargado de inmortalizarlo sobre su cuerpo. ¿Quién diría que terminarías enterándote de esta forma? Dijo con divertida resignación. Aunque no puedo culparte por tu reacción. Diría con una sonrisa de medio labio en su rostro. ¿A quién podría ocurrírsele que a una niña de doce años podría gustarle una de esas cosas? Dijo antes de que una risa divertida le hiciese soltar su rostro, dirigiendo su mirada hacia la de la muchacha. Aunque seguramente fue toda una sorpresa... Comentó con tono ligeramente bromista, aunque no estaba completamente de ánimos como para bromear, sin embargo, no podía evitarlo.

Su mirada se mantuvo sobre la ajena sin desviarse ni por un segundo, parecía incluso intentar adivinar qué era lo que ella estaba pensando. ¿Sabes? Dijo sonriendo divertido. Aquel "regalo" que te di en ese entonces... Rascó su mejilla como niño a punto de confesar una travesura. Luego de que la tiraste por la ventana fui a buscarla y la mantuve conmigo durante unos meses. Su mirada se desvió ligeramente hacia la derecha, quedándose en silencio por unos cuantos segundos. Aunque tuve que dejarla en el bosque prohibido cuando comenzó a crecer. Había sido una tarea difícil mantenerla escondida de sus demás compañeros de habitación, sin embargo lo había logrado hasta que el tamaño se convirtió en un inconveniente. Hace unos días fui a alimentarla. Volvió la mirada a la joven. Si bien ya llega a la altura de mis caderas, aún sigue gustándole la pizza. Dijo antes de dejar escapar una risilla divertida ante la mera idea de ver a una araña alimentándose de algo como aquello.

Se levantó de su lugar en silencio, estirando sus brazos y piernas sintiéndose en cierto modo más "aliviado" luego de descargarse un poco. Como sea... Dijo antes de dar unos pasos en dirección a la rubia, tomando su rostro con ambas manos, antes de dar un suave beso sobre la frente de Elizabeth. Lamento si dije algo que te lastimase hoy... La soltó y la observó a los ojos durante un rato. Que descanses. Diría antes de girarse y comenzar a caminar en dirección a la puerta de salida de la biblioteca, había sido un día por demás extraño y ciertamente agotador, como fuera, prefería retirarse para no seguir metiendo la pata como lo había hecho en ese momento con sus palabras impulsivas.

Se detendría unos segundos en la puerta, girándose una última vez para observar a la rubia. Feliz cumpleaños... Dijo esbozando una sonrisa en su rostro. Nunca llegué a decírtelo ese día... Diría antes de salir de la biblioteca cerrando la puerta tras de si. Comenzaría a caminar lentamente en dirección a su dormitorio, quería dormir, sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle por todo lo que había ocurrido en la biblioteca, demasiada información, aún más sinceridad de parte de ambos en un momento como aquel, un día realmente atípico, un día que seguramente ambos preferirían olvidar para continuar con su rutina de perro y gato, enemistados hasta el fin de los tiempos, aunque quizás tarde o temprano aquel panorama ente ambos cambiaría, solo el tiempo podría dar la respuesta a aquello.
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MensajeTema: Re: Nuevas alas   Miér Ene 04, 2012 1:15 am

Él no supo medir sus palabras, y aunque sólo fuera una la que recibió por respuesta la verdad es que Elizabeth tampoco pensó demasiado el insulto que le dedicó... y que por un segundo parecía dirigido a ella misma. Aún así estaba molesta y, puede que no herida, pero casi por lo que no se paró a pensar si su insulto provocaría algo en Dominic que no fueran las típicas reacciones como eran la burla o la indiferencia. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera dañarle como él la había dañado a ella al darle permiso para que se burlara. No le dio tiempo a decir nada porque -en cierto modo- temía que fuera a decirle algo que pudiera abrir un poco más esa pequeña laceración que sus palabras habían provocado en ella, y prefería actuar rápido antes de escuchar nada más... muy a pesar de que ni ella misma sabía qué diablos le estaba ocurriendo. No era por las heridas sufridas en el campo de quidditch, tampoco por el mordisco en su cuello. Algo estaba mal en ella, ¿qué otra explicación había para su comportamiento actual, tan dispar de su habitual forma de ser? Se lo preguntó a sí misma varias veces pero ignoró esa interrogante sin respuesta para centrarse en lo que ahora hacía: mostrar ese tatuaje que ahora se le antojaba incluso estúpido.

Cuando se percató de que al fin el platinado observaba la figura negra que se dibujaba sobre su piel un inoportuno temblor atacó su cuerpo. Esperaba risas y alguna que otra burla, incluso una mirada incrédula de su parte pero muy en el fondo deseaba que no reaccionara de ninguna de esas formas que ella estaba presuponiendo. ¿Por qué? Ni idea, sólo sentía que prefería un silencio incómodo y sentirse estúpida a una risa burlona que confirmara su estupidez. Tragó grueso una vez más, sosteniendo a duras penas las intercaladas miradas que el ojos zafiro le dirigía, expectante por una reacción, gesto, palabra o incluso sonido, cualquier cosa que le indicara alguna manera de actuar en lugar de quedarse allí plantada. Cuando él desvió la mirada Elizabeth hizo lo mismo, dejando caer la chaqueta aunque ésta tapara parte de esa araña que tantos quebraderos de cabeza les estaba dando ahora al tiempo que se giraba para darle la espalda, incapaz siquiera de voltear a verle, al menos por un rato. Aún así el silencio se alargó tanto -al menos para ella- que se giró casi preocupada porque Dominic se hubiera ido haciendo gala de ese sigilo que pocas veces, pero con maestría, ponía en práctica. Fue esa la razón por la que pudo apreciar la sonrisa que se dibujó en el rostro ajeno y creyó estar alucinando cuando notó que aquellos orbes azules se cristalizaban como hacía no más de veinte, quizá treinta minutos habían empezado a aguarse los suyos.

Quizá fuera una broma del destino, pero ese día estaban sucediendo tantas cosas impensables que no sería disparatado pensar que todo era un sueño demasiado real, aún así ese pensamiento no le hizo dejar de prestar atención -sorprendida y ya sin molestarse en ocultarlo- a cada expresión de su acompañante, guardando silencio. ¿Qué iba a decir si ni siquiera estaba segura de lo que había visto? Le vio intentar quitar todo rastro de lágrimas antes de que salieran de sus ojos pero simuló no haberlo visto y ni abrió la boca para decir algo, las bromas sobraban y ya lo había dicho: no utilizaría el pasado para burlarse, era caer demasiado bajo incluso para ella, la supuesta "Vergüenza de Slytherin". Ante la nueva pregunta no pudo hacer más que volver a mirar a la nada, disculpándose con sólo el mover de sus labios. Si cada vez que dejara suelta su curiosidad en algo referente a ese hombre iban a acabar así, esta sería la última vez que se dejaba llevar por las ganas de saber. Negó suavemente con el rostro para sacarse esa nota mental de la cabeza y volver a prestar atención al menor y no pudo evitar reír por lo bajo, apoyando su zurda sobre su cadera y girándose hacia el fuego al tiempo que lanzaba el trozo de tela qe había roto al fuego, total, ya no iba a poder arreglar los jeans así que los dejaría así, tampoco estaban mal con una pierna larga y otra corta, se veía moderno incluso.

- Eras rarito ya por aquel entonces... -respondió siguiéndole un poco el juego y dándole la razón, sólo a un idiota como él se le podía ocurrir regalarle una araña a una chica, sobre todo a una de tan corta edad. Asintió con levedad cuando le mencionó lo de la sorpresa y escuchó casi incrédula pero con una tonta sonrisa en la cara que él había conservado esa araña y que había crecido hasta superar en tamaño a los famosos hijos de Aragog de esas anécdotas que, al ser contadas por el patriarca Wesley a sus hijos, habían acabado siendo como historietas para los críos de tantas veces que se habían escuchado ya. Aún así se enserió poco después del comentario de la pizza y, mostrándose un poco nerviosa cuando empezó a morderse la uña del dedo pulgar, decidió sincerarse también aunque fuera sólo un poco- Cuando la vi pensé... Pensé que era una broma, que te burlaste de mí -confesó en un tono de voz bajo e incluso con un toque avergonzado casi imperceptible mientras evitaba mirarle directamente, posando sus ojos ya fuera en el fuego, el techo, el suelo o las paredes. La verdad es que había estado en su derecho al pensar eso, después de todo tras compartir varios meses con él se había dado cuenta de que a ambos les gustaba molestar a la gente y cuando vio esa araña en la caja realmente pensó que había sido víctima de una broma pesada, algo que aún ahora le había costado decir para alguien que no fuera ella misma en sus más profundos pensamientos.

No le escuchó levantarse y como tampoco le estaba mirando no se percató de que se acercaba a ella, no hasta que escuchó los pasos y sintió un tacto cálido sobre sus mejillas que, sin darse cuenta, la hizo enrojecer un poco, un tono rosa tan pálido que apenas resaltaría en su piel pero que dada la distancia seguramente él sería capaz de percibir. Si esa acción la había tomado por sorpresa el beso sobre su frente la dejó casi en shock, así como la disculpa que le siguió. Sus oídos tenían que estar engañándola, ¿por mucho que estuviera pasando de verdad Dominic se le había disculpado? Al parecer sí, fue incapaz de encontrar rastro alguno de mentira cuando sus miradas volvieron a cruzarse. Una vez más guardó silencio, ni siquiera se le ocurrió decir algo para despedirse aunque cuando él llegó a la puerta dio un par de pasos hacia él, alzando la mano con intención de detenerle pero retirándola tan pronto vio que él se giraba. Le dedicó una interrogante mirada cuando él se giró y, dándole igual que él la viera o no, sonrió afable y feliz cuando le felicitó el cumpleaños que había marcado un curioso punto de no retorno en su relación.

Se quedó sola en el lugar, sin mostrar intenciones de seguirle o siquiera de salir de allí, todo lo que hizo tras despertar del corto trance en el que estaba fue acercarse a uno de los pilares que adornaban ambos lados de la chimenea para golpearse la frente contra éste tan fuerte que incluso a ella le extrañaba no haberse hecho sangre ni herida mayor que un nuevo chichón- ¿Qué diablos me está pasando? -sería su último murmullo, acompañado de una perdida mirada entrecerrada clavada en el suelo y un calor inusual en su rostro, provocado por un sonrojo notorio, algo que no había sentido desde hacía más de ocho largos años. No tenía palabras para describir lo que había ocurrido ese día y si se lo contase a alguien la tomarían por loca, pero fuera lo que fuera lo que había sucedido estaba claro que le había dado de lleno... y que le sería imposible ver a Dominic con los mismos ojos por muchas ganas de matarle que siguiera conservando en su interior... lo del sostén era algo que no se le iba a olvidar tan fácilmente al fin y al cabo. Pero lo dejó pasar. Ahora sólo quería descansar y por eso, aquella noche sería una de las pocas que pasaría completamente en su dormitorio, intentando conciliar el sueño en ese colchón tan poco usado que parecía recién comprado.

~ Fin de escena ~



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